La emoción del enfado

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La emoción del enfado

 El enfado es, en esencia, un remanente de energía que está destinado a aumentar nuestros recursos para resolver el problema que nos produjo enojo. Leslie Greenberg opina que el enfado es algo que sientes por alguna razón y que,por tanto, tienes que escucharlo y respetarlo, en vez de tratar de evitar lo que te está diciendo.La más seductora de las emociones desagradables.

Retomando el punto de vista de Diane Tice, el enfado parece ser el estado de ánimo más persistente y difícil de controlar. De hecho, el enfado es la más seductora de las emociones desagradables porque proporciona argumentos convincentes para justificar el descargarlo sobre alguien. El enfado resulta energetizante e incluso euforizante.

Cuantas más vueltas demos a los motivos que nos llevan al enojo, más “buenas razones” y más justificaciones encontraremos para seguir enfadados. Los pensamientos obsesivos son la leña que alimenta el fuego de la ira. Goleman en su libro “Inteligencia Emocional” también menciona un estudio realizado por Dolf Zillman, psicólogo de la Universidad de Alabama, a lo largo de una exhaustiva serie de cuidadosos experimentos, a través de los cuales ha determinado con detalle la anatomía de la rabia.

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Teniendo en cuenta que la raíz de la cólera está en la respuesta de lucha-o-huida, no es de extrañar que Zillman concluya que el detonante universal del enfado sea la sensación de hallarse amenazado (lo que la vincula con el miedo). Amenaza no solo física, sino también a nuestra autoestima o nuestro amor propio (como sentirse tratado ruda o injustamente, sentirse insultado, menospreciado, etc.), a nuestros límites o frustrado en la consecución de un determinado objetivo (desde una simple interrupción o molestia hasta una prohibición o frustración completa).

Estas percepciones actúan como detonante de una respuesta doble del cerebro. Por una parte, libera la secreción de catecolaminas (neurotransmisor) que generan un acceso puntual y rápido de la energía necesaria para emprender una acción decidida tal como la lucha (a través de la agresión física o verbal) o la huida (“ahí os quedáis”, “yo me largo”). Esta descarga permanece varios minutos.

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Mientras tanto, otra oleada energética activada por la amígdala se desplaza a lo largo del sistema nervioso. Esta excitación puede perdurar horas e incluso días, manteniendo al cerebro emocional predispuesto a la hipersensibilidad.

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Esto explica por qué la mayoría de las personas parecen más predispuestas a enfadarse una vez que ya han sido provocadas o se hallan ligeramente excitadas.Y por eso aquellos que sienten un enfado que podríamos llamar “crónico” tienen tanta dificultad en salir de él. Greenberg lo califica como enfado primario desadaptativo.

Por otra parte, todos los tipos de estrés provocan una excitación que contribuye a bajar el umbral de la irritabilidad. De este modo, después de un duro día de trabajo, una persona se sentirá especialmente predispuesta a enfadarse en casa por las razones más insignificantes –el ruido o el desorden de los niños, por ejemplo.

Por mucho que el enfado señale el problema, darle rienda suelta no proporciona la solución. Con frecuencia, expresar el enfado lleva a ciclos que se intensifican en una escalada de ataque y contra-ataque, o de ataque y defensa, e impide la escucha y la colaboración.


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